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No te prometo nada

Cuando conocía a Dinorah supe que esa era la mujer que estaba en mis sueños desde que tuve conciencia de que un día me casaría con alguien del sexo opuesto. ‘Por una mujer como esa yo soy capaz hasta de matar', pensé, ignorante de que estaba jugando mi corazón al azar y de que yo mismo me iría matando poco a poco cuando formalizara mi relación con ella, lo que se convirtió en mi gran obsesión. Me entregué por completo a la tarea de enamorarla y convencerla de que se casara conmigo, lo que conseguí con la ayuda de su madre, quien, desde la primera visita como aspirante de la corrida mano de su hija, me pidió dinero que yo le di con mucho gusto, y eso se convirtió en costumbre.Cuando por fin firmé mi sentencia de una larga agonía, o sea que me casé con la mujer de mis sueños, creí que tenía a Dios de la mano, pero el calvario empezó la primera semana, cuando mi mujer faltó una noche a dormir, y me dio como excusa una urgencia médica de mi suegra, quien, al día siguiente, me llamó para testificar que la hija había pasado toda la noche con ella en el hospital, y que por el apuro a la hora de salir, ambas habían dejado el celular en el mismo sitio donde estaban sentadas conversando cuando le entró a la vieja el dolor macanudo que las mandó para el nosocomio. Esa ‘verdad' explicaba por qué hallé cerrada la puerta de la casa de mi suegra cuando, desesperado, fui allá a buscar a mi mujer. Mi vida de casado era ir de un sobresalto a otro, siempre con el temor de que ella se enamorara del amante y me dejara solo; al año de unión conyugal ya me había acostumbrado a su quemadera y, para consolarme, me decía: ‘Querías mujer bonita, tetona y culona, pues, coge, aguanta callado, aguanta como macho'. Y seguí aguantando y aprendí a vivir con el miedo hasta que una tarde al regresar del trabajo no la hallé en la casa. Atolondrado busqué en el ropero y nada, supe de inmediato que se había ido, y emprendí la cruzada de la reconquista. La llamaba a cada hora y, algunas veces, me respondía el nuevo marido, al que yo cobardemente amenazaba con borrarlo del libro de los vivos si no dejaba en paz a mi esposa. No supe si fue que de verdad le metí culillo o que el hombre tenía los sesos en orden y no se enamoró de Dinorah, porque a los tres meses la dejó y fue cuando ella me escribió para negociar una reconciliación.‘Quiero que hagamos las paces cuerpo a cuerpo', me chateó, y quedé yo desencuadernado emocionalmente, casi borracho de felicidad, blandito, con la mente en blanco para cualquier otro pensamiento que no fuera el que yo mismo me había creado tras leer su wasap: ‘Todavía me quiere, yo soy su único hombre, me quiere, me ama'. En esa nube de gozo estuve hasta el mediodía, cuando nos encontramos para almorzar y dialogar sobre nosotros, yo llegué lleno de ilusiones y dispuesto a ponerme los pantalones largos para hablarle de mi sentir y de mi incomodidad por sus acciones y por cómo me afectaban esas actitudes en el trabajo. ‘Voy a ponerle condiciones', pensaba yo en mi shock mental. Cuando llegó mi mujer, la vi más hermosa que nunca, todos sus atributos parecían renovados y perdí un poco la compostura, así que, cuando me dijo ella que habláramos acerca de lo nuestro, yo no tuve lucidez para soltarle todo el discurso que llevaba preparado, solo atiné a decirle: ‘Vuelvo contigo solo si me prometes que no me quemarás nunca más'. Dinorah abrió los ojos como si hubiera escuchado una noticia de otro planeta, luego se levantó tranquilamente y me dijo sin prisa: ‘Si es así partimos el queso aquí mismo porque me la pones dura, sobre infidelidad no puedo prometerte nada'.

Ardiente: Hagamos las paces cuerpo a cuerpo.

Dudosa: Tú sabes que yo me aburro del mismo menú.

FUENTE:

http://elsiglo.com.pa/curiosidades/prometo-nada/24011028