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Las fotos que muestran el viaje de una "mula" narco bajo las órdenes de una traficante argentina

Santiago Sánchez, antes de dejar Perú. La droga que se le encontró en su valija.

Un hombre de camisa y lentes, con una simple valija carry on gris y negra, primero en un aeropuerto internacional, luego en otro. Es decir, nada fuera de lo normal. Santiago Matías Sánchez, de nacionalidad argentina, 32 años de edad, oriundo de Villa Lugano, había partido desde el aeropuerto de Ezeiza el 27 de marzo último con rumbo a Lima, capital de Perú. Poco después reapareció en el aeropuerto de Tocumen, en la ciudad capital de Panamá. Ahí, Sánchez terminó arrestado: la Policía panameña abrió su valija por la fuerza, la misma que había arrastrado desde Lima: llevaba 2,47 kilos de cocaína de alta pureza, pobremente disimulados en ladrillos negros decorados con un tumi, el típico cuchillo ceremonial inca, uno de los íconos más reconocibles del Perú.

La hipótesis era obvia. Sánchez, monotributista y empleado de un consorcio de propietarios según informes comerciales, se había convertido en una mula narco internacional: Israel era el destino final en su pasaje, un destino que vive un boom de tráfico de cocaína hace varios años de acuerdo a análisis como el World Drug Report de la Organización de Naciones Unidas. La ganancia exponencial para los narcos detrás de su valija era obvia también. Un kilo de polvo puede valer hasta cuatro mil dólares en puntos como Santa Cruz de la Sierra; ese mismo kilo puede valer hasta más de 50 mil dólares en el submundo de ciudades como Tel Aviv.

Sánchez no cayó de casualidad; la Justicia argentina lo había seguido durante semanas, con una investigación a cargo del fiscal en lo penal económico Emilio Guerberoff, bajo la firma del juez Pablo Yadarola y con apoyo de la PROCUNAR -el ala del Ministerio Público a cargo de combatir el narcotráfico, encabezada por el fiscal Diego Iglesias– junto a la actuación de la división Operaciones Federales de la Superintendencia de Drogas Peligrosas de la PFA.

Una cámara policial se encargó de retratar cada uno de sus movimientos desde que pisó Ezeiza; los monitores de policías peruanos lo siguieron a través de pasillos en la terminal aérea de Lima. Esas imágenes son las que ilustran esta nota. La inteligencia policial en su contra reveló que le habían ofrecido 3 mil dólares por el viaje. El número era tentador: Sánchez había acumulado más de 20 mil pesos en deudas de diversos prestamistas en los últimos meses, de acuerdo a números del Banco Central.

Sánchez, a comienzos de su viaje.

Por lo pronto, el hombre de Villa Lugano no será extraditado de vuelta a la Argentina, de acuerdo a fuentes judiciales del caso: se quedará preso por cuestiones jurisdiccionales en Panamá, ya que allí cayó con la droga, a la espera de su juicio en el país centroamericano. Sin embargo, Sánchez no cayó solo.

A principios del mes pasado, la PFA arrestó por orden del fiscal Guerberoff a la mujer acusada de ser su reclutadora: Karina Solange Fernández, de 29 años, vecina de Caballito, oriunda de Lugano y madre de tres hijos. El fiscal Guerberoff la imputa de mucho más que mandar una sola mula con cocaína al otro lado del mundo: Fernández está acusada de encabezar junto a su marido, Ikechukwu Ndubuisi, alias "Anthony", oriundo de Kenya, una organización que envió paquetes de polvo desde Buenos Aires a puntos del planeta como Holanda, Atenas y Hong Kong.

Fernández fue indagada el 4 de abril pasado, acompañada por su defensor oficial. Dijo no tener empleo formal, que recibía asignaciones universales del ANSES para sus dos hijos menores, algo que consta en sus datos comerciales, junto a unos pocos pesos semanales que le pasaba el padre de su primer hijo. La imputación en su contra le fue leída antes de declarar. No solo el viaje de Sánchez estaba en la lista: el hecho que despertó la primera alerta judicial en su contra ocurrió en junio del año pasado.

El hombre de Lugano en el aeropuerto de Lima

El Correo Argentino detectó una encomienda extraña. Fernández era la remitente. El destinatario era, precisamente, una mujer también oriunda de Kenya llamada Muroki Esther Wambuku, con domicilio en la calle Fukwing en el distrito de Sham Shui Po, ciudad de Hong Kong. Había tres capacitores eléctricos en el paquete; dentro de ellos se escondían 550 gramos de cocaína. El lejano Oriente vale mucho más que Israel en términos de precio narco: la cocaína en capitales como Tokyo o Beijing llega a cien mil dólares con penas durísimas para cualquier traficante.

El nombre de Wambuku no es desconocido. Varios medios keniatas revelaron su historia el año pasado; se la acusó de engañar a otra mujer de Kenya para que busque y entregue dentro de Hong Kong otro paquete con medio kilo de cocaína. La parcela había sido enviada desde Brasil: Guerberoff descubrió que la organización de Fernández operaría también desde San Pablo, donde su marido Ndubuisi tiene varios parientes. Hasta se habría despachado otra mula argentina desde territorio brasileño rumbo a Bucarest, capital de Rumania.

De vuelta a Fernández, la fiscal la liga a otros dos paquetes narco: 321 gramos envueltos en ropa para bebé dirigida a Atenas y 292 gramos envueltos en nylon despachados a Rotterdam, Holanda. Los pagos para la droga vendrían a través de Western Union: el teléfono de Nduibisi registra varias alertas de depósitos de kenyatas alrededor del mundo.

La cocaína que le encontró la Policía panameña: 2,47 kilos

Fernández decidió declarar. "No soy organizadora de nada", lanzó. Le echó toda la culpa a su pareja de Kenia, si es que la tuviera: "Hablaba mucho por teléfono en su idioma, el cual no entiendo. Cuando yo le preguntaba de qué hablaba, él como era muy machista no me quería responder nada, peleábamos y discutíamos mucho. Yo no sabía qué él enviaba drogas", aseguró. Sin embargo, las pruebas en su contra dicen lo opuesto. El 20 de marzo, Guerberoff recibió veintidós CD de escuchas telefónicas de parte de Operaciones Federales de la PFA: Fernández, su marido y Matías Sánchez habían sido intervenidos durante semanas.

Karina Fernández y Sánchez, en Ezeiza

Las transcripciones, a las que accedió Infobae, revelan cómo la mujer habría reclutado no solo a Sánchez, sino también a otros jóvenes de Villa Lugano para cruzar el mundo con droga. Fernández fue muy convincente en sus charlas con Sánchez. Una comunicación del 14 de marzo de este año, trece días antes de que el hombre volara a Perú, muestra a Fernández asegurando que "sabés que todos los chicos van", que no es "nada peligroso" y que "cuando nos veamos te voy a explicar todo", que "es un buen trabajo el que te estoy ofreciendo". "Tenés pago el viaje, antes de irte te explico cómo es la ida y la vuelta, siempre vas a estar comunicado conmigo. Vos te vas a un hotel que está pago, son dos semanas nada más", apuntan las transcripciones recibidas por el fiscal del caso.

Dos días después, según las escuchas, Sánchez y Fernández se reunieron en un café cerca del domicilio de la última en Caballito, que fue allanado y donde se encontró una balanza. Al día siguiente, Karina habría acompañado a Sánchez al Registro Nacional de las Personas sobre la calle 25 de Mayo para realizar los trámites para su pasaporte. Fernández hasta le ofreció algo un poco enternecedor: guardar el pasaporte en su casa para que la madre de Sánchez no se entere, el mayor miedo de la futura mula en todas sus conversaciones.

Poco después de la reunión en el café, Fernández se comunicó con Ndubuisi. "Ya hablé, y bueno, le expliqué todo. Yo lo conozco de hace muchos años, es una persona de confianza porque conoce a mi familia… A su mamá le va a decir cualquier cosa, un amigo lo va a cubrir diciéndole que se va con una mina", aseguró Fernández. El keniata es la pieza faltante en la trama. Hoy está prófugo: la Justicia pidió su captura a nivel internacional.

Esther Wambuku, la supuesta punta keniata de la banda en Hong Kong.

FUENTE:

http://www.infobae.com/sociedad/2017/04/17/las-fotos-que-muestran-el-viaje-de-una-mula-narco-bajo-las-ordenes-de-una-traficante-argentina/