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Elegir entre épocas

Cambiar una época no es igual a cambiar un gobierno. Una época es algo mayor, más difícil de definir, sus bordes son menos precisos. Períodos, etapas, eras: los historiadores hacen esfuerzos fascinantes por intentar atrapar la línea que separa el presente del pasado. ¿Dónde termina el pasado? ¿Dónde empieza nuestro tiempo? Estamos atravesados por rupturas y continuidades. Por aquello que permanece inmutable y por lo que cambiamos y nos cambia.

Existen elementos que nos permiten afirmar que estamos asistiendo, finalmente, a un cambio de época. No es el gobierno de Mauricio Macri quien generó este cambio sino, al contrario, quien mejor lo ha logrado expresar. Es una transformación surgida de buena parte de la propia sociedad, de abajo hacia arriba, exhausta ante décadas de ilusiones, desencantos y frustraciones.

El cambio puede leerse en el resultado electoral de finales de 2015, pero se viene gestando desde mucho tiempo antes. Viejos tótems venerados comenzaron a ceder paso ante una transformación cultural que no deja de expandirse sobre diferentes espacios de la vida social. Cambia la relación entre los géneros, cambia el mundo del trabajo, cambia la tecnología, cambia el vínculo entre las generaciones, cambian los deseos, las ambiciones, las aspiraciones. Cambia el mundo. Era hora de que estos cambios se expresaran en la representación política.

Las elecciones, estas elecciones, las de octubre, pueden ser entendidas entonces a partir de la ruptura de una época. Es una elección menos coyuntural y más profunda. No es una cuestión de nombres o de programas. No se trata de un plebiscito sobre el gobierno actual o sobre el anterior. No se trata de las personas, ni siquiera de los distritos. Son dos tiempos que debaten entre sí por conformar un presente. Son dos momentos: los fantasmas de nuestro pasado compitiendo contra las dudas y las certezas del presente.

Los fantasmas del pasado que no termina de pasar son viejos conocidos. Nos han acompañado a lo largo de mucho más que una docena de años. Vienen desde muy atrás. Están inscritos en una vieja cultura política que arrastra la mochila de su obsolescencia. Cada uno puede fijarles la fecha de su partida de nacimiento. Son décadas en las cuales quisimos ser algo y fracasamos. Una suerte de nostalgia por aquel país que no fuimos, por el que pudimos ser. Esa Argentina que iba a arrancar y no arrancaba. Nunca arrancaba. Ese motor que lograba funcionar por un rato, unos años apenas, para terminar explotando junto a las ilusiones de todos.

Sin embargo, aún falta recorrer un largo camino para asegurar que la experiencia que estamos transitando constituye de manera definitiva un nuevo período en nuestra historia. Hay quienes prefieren ver el momento actual como un mero error cronológico, un desvío sin explicación, una casualidad, un pozo de aire en el destino nacional. Están también los que se han resignado al nihilismo del fracaso y la decadencia inexorable. Finalmente, aparecen los más crispados, que buscan autoconvencerse de estar asistiendo a una inexistente restauración conservadora. Como una paradoja, los que construyeron durante años la gran fábrica nacional de pobres, los que la alimentaron y la mantuvieron, denuncian al gobierno que viene distribuyendo el mayor volumen de inversión social de todos los tiempos.

Los fantasmas del presente, en cambio, son nuestros miedos. ¿Podemos vencerlos como sociedad? ¿Tenemos la capacidad de desatar los nudos apretados de la larga lista de nuestros fracasos? Hay razones para ser optimistas. El poder no sólo ha cambiado de manos sino que ha cambiado su sentido y su manera de proyectarse en la sociedad. Entre centenares de obras, créditos, políticas públicas, acuerdos y diálogos, el "sí, se puede" dejó de ser una frase de campaña para convertirse en un grito de rebeldía que trasciende los límites de un sector político. Es generacional y es profundamente cultural.

O aceptamos la frustración o la desafiamos. O vivimos en el pasado eterno que no pasa nunca o nos animamos a consolidar la construcción de lo nuevo y lo diferente. O permanecemos en el relato y el discurso único o somos parte de la suma diversa, desprejuiciada y contemporánea de rebeldía, audacia e imaginación que nos trajo de vuelta al presente. Es decir, al fin de lo que tantas veces hemos postergado: al comienzo de la solución de nuestros problemas más difíciles.

El autor es ministro de Cultura de la Nación.

FUENTE:

http://www.infobae.com/opinion/2017/07/19/elegir-entre-epocas/